MENÚ DEL DÍA: SABROSO PERDIGÓN DE PLOMO

A finales de los años 70 comenzó a estudiarse en España el plumbismo, o  intoxicación de aves por ingesta de munición de plomo utilizada en la caza: perdigones, cartuchos o fragmentos de balas esparcidos por el suelo. Mientras, el consumidor de la carne de caza, también puede verse afectado al ingerir carne con restos de plomo, lo que constituye un riesgo para la salud pública. La solución más eficaz para combatir este problema  es cambiar los perdigones de plomo por perdigones de cobre o acero. 

Ánade rabudo(Figura 1) Ánade rabudo. Fotografía de José Luis Martín Blázquez

¿Por qué las aves comen munición de plomo?

Por confusión. Por lo general, cuando un ave presenta intoxicación clínica por plomo, es porque ha ingerido la munición de plomo utilizada en la caza. Y es que, las aves granívoras, muchas de ellas acuáticas y galliformes, confunden los gastrolitos que necesitan comer para romper y triturar los alimentos, con los perdigones. Es lo que conocemos como plumbismo.

Por carroñeras. Otra razón de ingestión de perdigones de plomo en aves la encontramos en las aves de presa, especialmente en las que tienen hábitos carroñeros, porque se comen los cadáveres de animales abatidos por los cazadores, con la consiguiente munición incrustada en la carne.

¿Qué aves son las más perjudicadas?

A través del examen de la molleja de aves abatidas por cazadores, sabemos que el ánade rabudo (Anas acuta) y el porrón común (Aythya ferina) presentaban antes de la prohibición del perdigón de plomo en determinadas zonas tasas de ingestión de perdigones del 70%. Les siguen especies de anátidas granívoras, como el ánade azulón (Anas platyrhynchos) o el pato cuchara (Anas clypeata) con prevalencias cercanas al 25%. Además, la intoxicación por munición de plomo es una causa importante de muerte en la malvasía cabeciblanca (Oxyura leucocephala), que está en peligro, según la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN), y se han registrados casos de muertes masivas en el flamenco común (Phoenicopterus ruber).

Por otro lado, el conejo de monte (Oryctolagus cuniculus) y la perdiz roja (Alectoris rufa) son un suculento manjar para las aves rapaces. Y, a su vez, carne de cañón para los cazadores. Así, cuando las aves carroñeras son más rápidas que los cazadores en cobrar las piezas que van abatiendo, éstas comen carne y, por lo general, también plomo. De esta forma, ya han sido descritas un total de doce especies rapaces perjudicadas por la ingesta de plomo, entre ellas, el águila imperial ibérica (Aquila adalberti) y el águila real (Aquila chrysaetos), de los que incluso se conocen casos de mortalidad.

¿En qué humedales se encuentran más perdigones?

Sabemos que el perdigón no se desintegra hasta pasados 30 años como mínimo, y 300 como máximo. Esto lo hemos podido comprobar en el Parque Nacional de las Tablas de Daimiel (Ciudad Real), donde casi 30 años después de ser prohibida la caza, se encontraron cerca de 100 perdigones por metro cuadrado.

Precisamente, por esta alta persistencia del plomo, casi todos los humedales españoles estudiados presentan perdigones en sus sedimentos. Las máximas densidades han sido detectadas en Laguna de Medina (Cádiz), con una media de 399 perdigones por metro cuadrado en los primeros 30 centímetros de sedimento. Pero, hay otras zonas con cifras más desorbitadas: podemos encontrar “puntos rojos” de concentración de perdigones con densidades muy elevadas, como es el caso del Parque Natural de El Hondo (Alicante), donde en una zona se registraron 1.432 perdigones por metro cuadrado.

En el caso concreto del Delta del Ebro (Tarragona), el cumplimiento de la prohibición del perdigón de plomo es casi total desde 2008, sin que ello haya afectado a las bolsas de caza anuales. No obstante, la no aplicación de la prohibición del plomo en zonas no protegidas, como los arrozales, hace que las tasas de ingestión de perdigones hayan disminuido tan solo a la mitad diez años después de la aplicación de esta ley.

Por su parte, la densidad de perdigones en los hábitats terrestres en los que se caza, está muy poco estudiada.

Image

(Figura 2) Densidades de perdigones de plomo en los 20 cm superiores de lagunas (a) y arrozales (b) de España

Implicaciones del uso de la munición de plomo

La munición de plomo representa un riesgo para la salud pública por dos motivos: en primer lugar, porque las aves que han ingerido perdigones o fragmentos de bala presentan unos niveles de plomo, en la mayoría de los casos, superiores a los establecidos por la Unión Europea para el plomo en vísceras (0.5 microgramos por gramos de peso fresco) y carne (0.1 microgramos por gramos de p.f.) de animales de granja destinados al consumo humano. En segundo lugar, porque al cocinar la carne de caza se liberan cantidades de plomo significativas, especialmente si ha sido cocinada con recetas que incluyen vinagre, como es el caso del escabeche, por lo que el consumidor se expone a una mayor absorción de dicho metal. Mientras todo esto ocurre, en España, la única medida adoptada para evitar este riesgo es la prohibición, desde 2001, del uso de perdigones de plomo en humedales protegidos.

Una solución eficaz

La medida para reducir la incidencia del plumbismo, y a su vez proteger a los consumidores de carne de caza, pasa por utilizar municiones alternativas que no contengan plomo, como acero, en el caso de los perdigones,  o el cobre en el caso de las balas. Con medidas de este tipo se frena la deposición de más perdigones de plomo en los humedales y cotos de caza terrestre intensiva, se elimina el riesgo de contaminación de la carne de caza por la presencia de munición en la pieza cobrada y al mismo tiempo la posibilidad de intoxicación en las aves rapaces, algunas de ellas en peligro de extinción. Quedaría pues, sólo la contaminación residual por los perdigones acumulados, ya que su persistencia oscila entre los 30 y los 300 años.

ResearchBlogging.org
Mateo, R. Vallverdú-Coll, N., Ortiz-Santaliestra, M.E. (2013). Intoxicación por munición de plomo en aves silvestres en España y medidas para reducir el riesgo. Ecosistemas 22(2):61-67. Doi.: 10.7818/ECOS.2013.22-2.10

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