La vida de una bellota de dehesa

A pesar de la gran biodiversidad que albergan los sistemas de dehesa, la tasa de regeneración (germinación y supervivencia de nuevos árboles) de las propias encinas o alcornoques es nula. Puesto que en bosques naturales las encinas y alcornoques siguen regenerándose, cabe entonces preguntarse ¿que obstáculos encuentra una bellota para germinar y sobrevivir en una dehesa que no encuentra en bosques naturales? Mario y su grupo han seguido el ciclo completo de reproducción de la encina en dehesas y encinares contiguos en el Parque Nacional de Cabañeros con el objetivo de identificar los obstáculos que impiden a las bellotas cumplir con su función.

Primavera en la dehesa del Parque Nacional de Cabañeros. Foto de Mario Diaz.

Primavera en la dehesa del Parque Nacional de Cabañeros. Foto de Mario Diaz.

Se dice que la primavera explota de la noche a la mañana, en pocos días el campo se llena de verdes rabiosos y coloridas flores. Las dehesas de Cabañeros no son una excepción, los blancos de las jaras, púrpuras lavandas o borrajas violetas, rojas amapolas, y amarillo, mucho amarillo. Amarillo de las margaritas, de los jaramagos y amarillo de las encinas. Este amarillo pertenece a los amentos masculinos de la encina, que liberan polen que viajará con el viento hasta las inconspicuas flores femeninas. La encina es un árbol dioico, en un mismo pie tiene flores masculinas y diminutas flores femeninas exigentes que solo serán fecundadas por polen procedente de otro árbol. De aquí se deduce la importancia de la proximidad a otro árbol. Aunque en la dehesa las encinas están bastante más dispersas que en los bosques naturales, el polen consigue alcanzar y fecundar casi todas las flores. Comienza entonces la difícil carrera de la bellota.

Paisaje de verano en una dehesa con bosque al fondo. Foto de Mario Diaz

Verano en una dehesa con bosque al fondo. Foto de Mario Diaz

Pocos meses después, el rabioso no es el verde sino el sol, que brilla y calienta como en ningún otro momento del año. Acompañando a este calor, por supuesto la escasez de agua, que se acomoda en dehesas y no dehesas por unos cuantos meses. Los puntos de agua, que en la dehesa suelen ser abrevaderos, se vuelven oasis para todos los animales del lugar. Las encinas, que no pueden desplazarse a beber, resisten el envite gracias a sus profundas raíces; aun así, si la sequía es muy fuerte, la encina lo pasa mal, pudiendo llegar a abortar el desarrollo de parte de sus frutos. La supervivencia de nuestras bellotas puede verse comprometida, pero no será ese su fin, al menos no el de las bellotas de dehesa, porque el aislamiento de las encinas disminuye la competencia entre ellas por el agua, situación totalmente opuesta al encinar, donde están más próximas y la tasa de abortos es mayor.

Otoño en la dehesa. Foto de Mario Diaz

Otoño en la dehesa. Foto de Mario Diaz

Las primeras lluvias otoñales devuelven el verde a los pastos, y el agua a la tierra. Surgen las primeras setas y tras su pista los senderistas, que se calzan las botas tras el descanso estival y animosamente acarrean insaciables cestos de mimbre. Sonoros berridos cruzan las dehesas desde las colinas cercanas, donde un grupo de ciervos hace alardes de su grandeza. Las bellotas ya formadas se columpian en las ramas de las encinas dejándose caer de vez en cuando. Las encinas representan en ese momento una atractiva fuente de alimento, y ciervos, roedores y otros animales grandes se mueven por la dehesa en busca de bellotas. Tanto las bellotas del bosque como las de la dehesa serán comidas casi en su totalidad, y solo en algunos años con producciones muy elevadas quedan algunas.

Bellotas de Encina (Quercus ilex). Foto de Mario diaz

Bellotas de Encina (Quercus ilex). Foto de Mario diaz

Pero las bellotas no pierden la esperanza, pues algunas no serán comidas en el momento, sino que tras un viaje por el aire en el pico de un arrendajo, o a ras de tierra entre los dientes de un ratoncillo de campo, serán transportadas más o menos lejos de la encina madre y almacenadas a modo de despensa para el invierno. Y decía que no pierden la esperanza, porque en numerosas ocasiones ambos “dispersores” se olvidan de sus almacenes, o no necesitan todas las bellotas escondidas, o se mueren, logrando entonces germinar las bellotas no recuperadas. Estos escondites suelen compartir varias propiedades. Son sitios que destacan en el paisaje, facilitando ser encontrados nuevamente, como piedras o arbustos. Además, son sitios con sombra, y en el caso de arbustos con humedad, de manera que la bellota, al germinar, no sólo ha conseguido irse lejos de la encina madre, sino que además ha ido a parar a un lugar que facilitará su supervivencia durante los primeros años de desarrollo.

Llegados a este punto las esperanzas de la bellota de dehesa se verán totalmente truncadas; no porque los roedores y arrendajos de las dehesas sean más insaciables o menos olvidadizos, no. El problema reside en: primero, menos arbustos, y por tanto menos protección para ratones y arrendajos de sus propios depredadores, azores, lechuzas, zorros o ginetas. Como consecuencia estas dos especies son menos frecuentes en las dehesas, lo que significa que menos bellotas son escondidas y tienen posibilidad de germinar. Segundo, y más importante: la calidad del “escondrijo bellotero”, puesto que hay menos arrendajos y ratones, la probabilidad de robo de bellotas por parte de sus congéneres es menor. Esto les lleva a reducir su esfuerzo de esconder, quedando así las bellotas más expuestas a las inclemencias climáticas o pisoteo. Si volvemos a la descripción de dehesa nos encontramos la evidencia “eliminación de arbustos”, no arbustos donde esconder bellotas, no abrigo sombreado y fresco para sobrevivir los tórridos veranos, no refugio ante un depredador; en definitiva no supervivencia de las plántulas de encina que tienen la buena y mala suerte de caer en dehesa.

Como medidas de gestión para el futuro no se sugiere la erradicación de dehesas, tan características del paisaje ibérico y buenas para la biodiversidad, sino desarrollar nuevas estrategias a escala de paisaje, que dejen que haya arbustos, al menos en algunos sitios y durante unos años, los que necesitan ratones, arrendajos y bellotas para completar su relación de mutuo beneficio.

Nieves Martín Robles

Estudiante de doctorado Universidad Rey Juan Carlos

research bloggingDíaz, M. 2014. Distribución del arbolado y persistencia a largo plazo de las dehesas: patrones y procesos. Ecosistemas 23(2): 5-12. Doi.: 10.7818/ECOS.2014.23-2.02

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3 responses to “La vida de una bellota de dehesa

  1. Casi nunca me encuentro con un blog o una noticia que sera entretenido a
    la par de educativo y quiero decirles que estoy impresionado con lo que me he
    encontrado en esta pagina, seguir escribiendo así.

  2. Gracias por la información. A ver si encontramos el camino de forestación idóneo de nuestros terrenos desérticos tras tanto cultivo y abandono.
    Quizás complementaría este articulo una guía de recolección, siembra y trasplante de la encina / alcornoque. Cone sta información se podrían crear grupos de voluntarios que quisieran hacer la labor.
    También se tendría que buscar que bloqueos legales pudiera haber en la forestación de la Dehesa publica , privada o sin propietario conocido.
    gracias de todos modos.
    David Perez
    http://ecosistemaglobal.wordpress.com

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