Agroecología IV. UN UNIVERSO DESPLEGADO: LOS AGROECOSISTEMAS

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Nuestros mutualistas no son incorpóreos, como los ángeles, que caben miles en la punta de un alfiler. Nuestros mutualistas son seres que pesan y abultan, y como seres vivos que son comen y cagan, se reproducen y mueren. Así que ocupan lugar, para ser más exactos la tercera parte de las tierras emergidas libres de hielo: 5.000 millones de hectareas en 2012 según la FAO, que no está nada mal. Un tercio son cultivos y el resto áreas de pastoreo. A esto hay que añadirle las plantaciones forestales y las piscifactorías, que no están contabilizadas, con lo que la cifra es algo mayor. A estos sitios donde viven nuestros mutualistas les llamaremos agroecosistemas.

Pero en los agroecosistemas no hay solo especies domésticas. Es mas, son muy minoritarias porque los agroecosistemas son en realidad ecosistemas modificados para albergar unas pocas especies mutualistas, por lo que dominan especies silvestres: algas, hierbas, arbustos, árboles, malas hierbas, polinizadores, hormigas, pájaros, fauna del suelo etc. No son las mismas que antes de introducir a los domésticos, ya que solo sobreviven aquellas que aguantan al hombre y a sus socios, pero son multitud. Sin ellas los agroecosistemas no funcionarían. Son ellas las que dan de comer a nuestros ganados, las que polinizan nuestros cultivos, dispersan las plantas, se comen a los enemigos de nuestros amigos, reciclan los desechos… vamos, que hacen silenciosamente todo el trabajo. Además, los agroecosistemas están rodeados de ecosistemas naturales, como son los linderos de los cultivos, los setos, bosques de ribera, bosquetes, cunetas, praderas etc con los que intercambian especies y materiales. Mas que de agroecosistemas deberíamos hablar de paisajes agrarios, un mosaico de agroecosistemas mas o menos modificados para albergar mutualistas y ecosistemas naturales que están en constante interacción y que, a resultas de la interacción va cambiando con el tiempo.

A los agricultores a sangre, es decir, los que cultivan usando el trabajo de los animales y el hombre, esta mezcolanza de domésticos y silvestres no parece haberles representado mayor problema. Al revés, le han sacado partido, utilizando a las silvestres para mantener la producción estable en el tiempo. Ya que son  las que hacen todo el trabajo, que lo hagan en nuestro beneficio. Así que muchas labores del campo han estado encaminadas a despabilar a los silvestres para que hagan bien su labor, como arar el suelo para que se oree y así funcionen a tope los descomponedores que liberan las sales que comen las plantas, o arar los suelos inundados de los arrozales para impedir que las bacterias desnitrificadoras dejen a las plantas sin Nitrógeno. Dejar árboles en las lindes no solo tenía por objeto tener leña cerca, sino también proteger los cultivos de viento y la escorrentía y proporcionar alimento al ganado (follaje y frutos) cuando la hierba no crece (otoño e invierno). Las especies silvestres que campaban por pastizales y cultivos, como perdices y conejos en los secanos, ranas en las tablas de arroz o hierbas silvestres en cultivos, linderos y bosquetes se aprovechaban, siendo en algunos casos una fuente de proteínas en la dieta nada despreciable. Estos agricultores eran perfectamente conscientes del papel fundamental de las especies silvestres en la agricultura, y si no que se lo digan a los egipcios, que tenían a los escarabajos por sagrados. Los escarabajos esparcen las boñigas del ganado, facilitando su descomposición y por tanto el crecimiento de la hierba que comen los animales. Sin escarabajos las boñigas no se descomponen y la producción cesa, que es lo que ocurrió en Australia tras la importación de céspedes y ovejas. Resulta que en Australia no había escarabajos y las boñigas no se descomponían, la hierba no crecía y las ovejas se morían. Tuvieron que llevar escarabajos para activar el ciclo.

Todas estas especies silvestres que están en los agroecosistemas o sus lindes, que son favorecidas por el hombre y que con su ayuda nos benefician, son lógicamente mutualistas nuestros. Pero no son iguales a las especies domésticas, porque no controlamos su reproducción. Su relación con nosotros es mucho mas laxa. Son infinidad; las hierbas de nuestros prados que alimentan a nuestros ganados, que sin nosotros no estarían porque la zona sería un bosque; los insectos que polinizan nuestros cultivos y se comen las malas hierbas, que sin nosotros tendrían menos comida; los conejos que comen en los prados y se refugian en las lindes y que desaparecen cuando el campo se abandona y los prados se esfuman etc. Normalmente es de este acervo de donde salen las nuevas especies que se domestican (Ver Agroecología III), como por ejemplo las distintas especies de polinizadores que crían algunas empresas para polinizar en invernaderos o a cultivos muy específicos. Así que nuestros mutualistas son muchísimos más de los que pensábamos, pues no solo hay infinidad de especies domésticas, sino también un montón de especies que creemos que son silvestres pero que en realidad están a medio camino entre la libertad y la domesticación.

Para los agricultores del petróleo este cortejo de especies silvestres es más bien una molestia. La agricultura del petróleo no se basa en la biotecnología, como la de sangre, sino en la química. Se trata de hacer crecer a los mutualistas con abonos minerales, plaguicidas, piensos, medicinas, plásticos etc. que salen de nuestras plantas químicas y que se fabrican con la energía que nos proporciona el petróleo. Así que nuestros mutualistas silvestres ya no sirven para nada, más bien no hacen más que estorbar. Se queman los linderos para ampliar los campos y que no alberguen peligrosas “plagas”, se mata a todo competidor con herbicidas y a todo predador con plaguicidas, venenos, vermífugos y antibióticos. Se pretende que en los agroecosistemas solo vivan nuestros mutualistas engordando lo más posible. Hombre, todos no desaparecen, porque muchos siguen siendo todavía útiles (fauna del suelo), y porque hay bichos y plantas que aguantan lo que les echen. Pero muchos desaparecen porque el ambiente se ha hecho hostil, se han quedado sin comida o simplemente envenenados. Los que quedan, como no tienen competidores ni predadores se hacen muy dominantes y se convierten en plagas.

Como los ecosistemas no tienen fronteras todos estos agroquímicos no se quedan en el campo de cultivo o en los establos, sino que pasan a las zonas colindantes. Los ecosistemas acuáticos suelen ser los más afectados pues allí acaban, arrastrados por la lluvia,  todos los abonos que los cultivos no absorben, todos los purines de los establos y todos los plaguicidas y  medicamentos que no se han metabolizado o desnaturalizado. Y aunque los ecosistemas acuáticos están preparados para digerir lo que les echen, esto es demasiado y se eutrofizar y envenenan, a veces de forma permanente. Las lindes, bosquetes, cunetas o parques naturales donde andan refugiados los silvestres también se ven afectados, a veces de forma insospechada. Por ejemplo, los vermífugos que se les da a los caballos para que estén gordos y lustrosos pasan en gran parte a los cagajones, matando a las larvas de los escarabajos peloteros que se crían en ellas. Así que las idílicas excursiones a caballo o las romerías por espacios naturales protegidos están acabando con los escarabajos peloteros y por tanto atascando el ciclo de los nutrientes. Con la agricultura a sangre estas cosas no pasaban básicamente porque los nutrientes eran un bien escaso y había que reciclarlos como fuese para mantener la producción. Esto se conseguía con las labores del campo, el manejo de los ganados y la ayuda de los silvestres. El ciclo de los materiales era mucho mas cerrado que con la agricultura del petróleo y escapaban muchos menos a los ecosistemas colindantes.

La poca gracia que le hacen los organismos silvestres a la agricultura del petróleo se ve de lejos. No hay más que ver los paisajes que genera: grandes extensiones de monocultivos, campos de gran tamaño para que opere bien la maquinaria, lindes sin apenas árboles para que no compitan con los cultivos. Y junto a ellos extensas áreas protegidas sin apenas uso humano. A las especies silvestres les cuesta muchísimo moverse por estos campos, pues las enormes extensiones cultivadas ejercen de barreras. Ya no hay lindes, sotos o setos por los que circular disimuladamente. Así que las poblaciones quedan fragmentadas, algunas de ellas en reductos tan pequeños que acaban por desaparecer, lo que realimenta el problema. Los paisajes de la agricultura a Sangre son mucho mas abigarrados, ya que el transporte es caro y hay que tener de todo a mano: leña, pastos, forrajes y cultivos, además de que esto es necesario para reciclar los materiales de forma eficiente. Por aquí las especies se mueven como pez en el agua, además de favorecer a muchas especies que se refugian en los bosques y setos y se alimentan en los prados y cultivos, como por ejemplo los conejos.

 

La agricultura del petróleo se ha extendido por el planeta de forma exponencial durante los últimos 70 años, y esto lógicamente ha tenido que afectar a la biodiversidad, por todas las razones que les he expuesto anteriormente. Pero eso se lo contaré en mi próximo post.

Continuará………

Dra. Rocío Fernández Alés

Expresidenta de la AEET

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