VIVIR EN LA GRAN CIUDAD

Osaka de noche

Osaka la nuit. Fotografía de Mercedes Martín.

Hay naturaleza en la gran ciudad? NO es lo primero que se le pasa a uno por la cabeza. Pensándolo más fríamente se cae en la cuenta de que hay, y mucha. En la gran ciudad viven muchas especies además del Homo sapiens, como las plantas ornamentales de parques, jardines, calles y macetas y las comestibles de los huertos urbanos, además de mascotas, animales del zoo y granjas urbanas. Eso no es la naturaleza, dirán algunos, son nuestras especies domésticas que si no las cuidásemos no estarían aquí. Si, pero además de las que cuidamos hay muchas otras que se han instalado por su cuenta: plantas como malas hierbas de zonas verdes, solares, acerados y edificios abandonados; insectos como pececillos de plata, cucarachas, grillos, hormigas, avispas o abejorros; aves como gorriones, vencejos, autillos, lechuzas, cernícalos, tórtolas o cotorras; anfibios como ranas y salamandras; reptiles como lagartijas, salamanquesas y serpientes; mamíferos como ratas, ratones, topos, erizos, zorros o monos. Las ciudades, aunque parezca increíble albergan una gran cantidad de especies, mas que las zonas deshabitadas como ya les conté aquí. El gran Londres por ejemplo tiene una vida silvestre tan rica que las autoridades se están planteando declararla parque natural.

¿De donde han salido todas estas especies? Unas han sido engullidas por la gran ciudad. Vivían en los campos de alrededor y al crecer lo urbano se han quedado atrapadas dentro y sobreviven en parques, jardines y solares. Otras la han colonizado, porque aunque no lo crean es tierra de oportunidades para muchas especies además de la nuestra. En la ciudad hay mucha comida y agua durante todo el año, hace calorcito en invierno y hay muchos refugios en árboles, edificios, alcantarillas, conducciones etc. así que no es mal sitio para vivir. Hay especies que se alimentan de nuestras reservas de comida y nuestros desperdicios, como ratas y ratones, compañeros desde hace miles de años. Pero la gran mayoría no compiten con nosotros ni nos fastidian, sino que se aprovechan de la mucha comida que dan las plantas urbanas. A veces les damos de comer (comederos para pájaros), les facilitamos refugios (cajas anidaderas) o les facilitamos la comida con nuestra actividad. Las farolas atraen a muchos insectos que son un festín para pájaros, murciélagos y salamanquesas.

La ciudad es también refugio para aquellos expulsados de su hábitat natural, bien por caza, pérdida de hábitat u otra razón. Es el caso de los pericos de la Española (Psittacara chloropterus) especie endémica amenazada de esta isla rara de ver en el campo pero muy abundante en la capital, Santo Domingo, y en otras ciudades de la isla. Han sido capaces de vivir en las ciudades anidando en las cavidades de los viejos edificios de la época colonial y comiendo en las palmeras de los jardines.

La gran ciudad es como otro ecosistema cualquiera, con sus peculiaridades. Es algo así como un conjunto de acantilados (edificios) rodeados de un oasis de verdor húmedo (parques y calles arboladas), que se va disolviendo en el campo (urbanizaciones periféricas). Está llena de especies que están en constante interacción, ajuste y regulación en el que entran en juego tanto las especies domésticas como las salvajes.  Esto tiene como resultado la evolución a nivel de especies y la sucesión a nivel del sistema entero. El ecosistema es dinámico y cambia siempre con el tiempo.

Mudarse a la ciudad significa vivir en un ambiente muy diferente al del campo. Hay mucho movimiento, mucho ruido y mucha luz por la noche, y esto echa para atrás a muchas especies, incluso a muchos individuos dentro de cada especie. Solo los más osados y buscavidas entran en la ciudad. Los tímidos y de ideas fijas se quedan fuera, les da miedo la novedad. Una vez dentro hay que cambiar de costumbres para sobrevivir. Por ejemplo, los pájaros diurnos como el petirrojo (Erithacus rubecula) cantan de noche para atraer a las hembras, porque de día no se les oye con el ruido de los coches. Los cernícalos primilla (Falco naumanni) , también diurnos, cazan de noche la abundante fauna que atraen los focos que iluminan la Giralda de Sevilla. Así poco a poco se van seleccionando los mejor adaptados al nuevo hábitat, y puede llegar un momento en que ya no se puedan mezclar con las poblaciones rurales. Los urbanitas se han convertido en una especie distinta.

Las ciudades cambian. Hace 200 años estaban amuralladas y llenas de huertos, ahora se diluyen en el campo circundante y tienen jardines y parques. En los últimos cien años han crecido enormemente en extensión y altura, se han pavimentado y se han hecho mucho más ruidosas y luminosas de noche. También se han llenado de árboles, casi inexistentes en las fotografías de hace un siglo. Sus habitantes también han cambiado, en parte porque la ciudad lo ha hecho y en parte porque las especies no paran de moverse y siempre llegan nuevas y desaparecen las que estaban. Cuando yo era niña no había tórtolas turcas (Streptopelia decaocto) ni cotorras (Myopsitta monachus y Psittacula krameri) en Madrid y los gorriones (Passer domesticus) y vencejos (Apus apus) eran abundantísimos. Ahora los segundos están en declive (63% de gorriones menos en Europa y 33% de vencejos menos en España en 20 años) y los primeros campan a sus anchas. Las cucarachas han cambiado, la roja (Periplaneta americana) ha sustituido a la negra (Blatella germanica), ha llegado el picudo rojo (Rhynchophorus ferrugineus) y muchos otros cambios que no les detallo para no aburrirles. Algunas especies las han traído los hombres, bien de forma accidental (cucarachas, picudo) o. intencionada (cotorras), pero otras han llegado solitas, como las tórtolas turcas. Las nuevas tienen que hacerse sitio en su nuevo hábitat, bien ocupando nichos vacíos, o bien interactuando con las que ya hay, lo que tiene como consecuencia que la red de relaciones se reestructure en mayor o menor medida acogiendo a las nuevas (o no) y expulsando a algunas de las presentes (o no). Igual que en el campo.

No hace falta ir a sitios exóticos para disfrutar de la naturaleza, la tenemos delante de las narices, solo hace falta saberla ver. Algunos ya lo han hecho y nos lo cuentan para que seamos conscientes de lo mucho que da de sí la ciudad. Fernando Parra nos descubre la naturaleza que albergaba Madrid hace 30 años (Un naturalista en la ciudad. Tecnos, 1985) y puede ser un buen punto de partida para ver como ha cambiado. Alvaro Luna nos habla de la vida silvestre en las ciudades del mundo, como llegó allí y como se las apaña para vivir (Un leopardo en el jardín. La ciudad: un nuevo ecosistema. Tundra 2017). Si les interesa el tema léanlos. No les defraudarán.

 

Rocío Fernández Alés

Expresidente de la AEET

 

Parra, F. 1985. El naturalista en la ciudad o en la M 30 florecen los cantuesos. Tecnos. 212 pp.

Luna, A. 2017. Un leopardo en el jardín. La ciudad: un nuevo ecosistema. Tundra. 233 pp.

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